Así viví el 23 de enero de 1.958

JUAN MANUEL MUÑOZ (MORICHE)

Cuando los venezolanos nos referimos a la caída de la feroz dictadura del Gral. Marcos Evangelista Pérez Jiménez, la asociamos con la “vaca sagrada”, con “el plebiscito”, con la Seguridad Nacional, con las persecuciones a los disidentes políticos, principalmente adecos y comunistas, y al liderazgo estudiantil y sindical que siempre estuvieron dando la cara y a la vanguardia de todo el movimiento que propició la rebelión del pueblo venezolano contra la penúltima dictadura que sufrimos los venezolanos.

Todos esos liderazgos individuales, colectivos, ya fuesen de hombres comprometidos con la libertad, y cito a dos hijos de Soledad, estado Anzoátegui, Pompeyo Márquez el inolvidable Santos Yorme de la clandestinidad y a Oscar Centeno Lusinchi, quien fuera miembro de la Junta Patriótica al lado de hombres de reciedumbre moral y valor personal como Fabricio Ojeda, y tantos otros que la historia tendrá que reivindicar por razones de compromiso con la verdad, y porque ningún raspicuí nos va a venir a cambiar los momentos estelares en los que el pueblo de a pie, vertió su sangre en las aceras, las calles y el pavimento de carreteras y en los insondables caminos de montarascales donde también se libraron luchas por lograr la libertad conculcada por un siniestro régimen de corte militar. 

Yo repaso lo que viví de la feroz y cruenta dictadura perezjimenista, y me recuerdo de aquellos largos y tediosos viajes en autobús desde Soledad hasta el Tigre y desde El Tigre a Barcelona, para ir a visitar a mi padre Juan Antoima (Juan Cotúa), en compañía de mi abuela paterna Benita Antoima y aún veo el rostro amoratado de mi padre, como consecuencia de las torturas a que eran sometidos los presos políticos, los disidentes o cualquiera que pensase distinto en aquellos días de aquelarre militar, que por cierto nada tienen que envidiarle al presente venezolano, en el que vas preso por el simple hecho de manifestar que este régimen es un burdo remedo de cualquier gobierno que se respete. Aquí hay un arroz con mango indescifrable, un mejunje ideológico, porque uno no logra dilucidar quién gobierna, si los militares, los civiles, los delincuentes o los corruptos, o todos a la vez, en una asociación mafiosa que arrasa con el honor, la moral y hasta con la vida de los que osan alzar su voz para denunciar tanto abuso y tanta mediocridad revuelta con cobardía y el desparpajo propios de los miserables.

Hoy cuando el grito libertario del pueblo de Caracas y de todos pueblos de Venezuela, el 23 de enero de 1.958, se dejó oír, estentóreo, sonoro y vigoroso, hasta remover los cimientos del régimen brutal de Pérez Jiménez, quien tuvo que salir huyendo del país en el famoso avión presidencial conocido como “La vaca sagrada”, los venezolanos tenemos que prepararnos para librar duros momentos contra el régimen “militaristacívico” que atropella a todo lo que habita sobre el suelo, como dijera Heli Colombani, en otra época y en otro contexto histórico y poético, pero que muy bien es aplicable a esta situación grotesca en el que la venezolanidad está siendo desplazada por gente venida de otras latitudes, caso específico de Cuba, país del que somos una especie de prolapso, porque la entrega es tal, que llamar apátridas a quienes nos gobiernan es hacerle un favor a la indecencia, a la postración y a la castración de las ideas.

Recordemos este 23 de enero como el día que se enarbolaron las banderas de la libertad y que nunca se nos olvide que hace 59 años, fue el pueblo de a pie, el pueblo de los cerros, el pueblo de los barrios, el pueblo de los llanos, el pueblo del oriente, el pueblo de las selvas, el de las grandes cadenas montañosas de los Andes, los hombres y mujeres del centro occidente del país, los hombres y mujeres de la Patria, los que decidieron ponerle fin a la oprobiosa dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y será ese mismo pueblo de a pie el que más temprano que mañana, le dirá basta a esta desgraciada tiranía que además de hambre, muerte y corrupción, es portadora del asco más indigerible que pueda soportar venezolano alguno. Los tiempos de Dios son perfectos y el tic tac del reloj, siempre marca segundos.