Milagros Mata Gil

Una de las víctimas de este proceso “revolucionario” del llamado Socialismo del Siglo XXI es la literatura. La desaparición de las grandes editoriales debido a diversos factores, económicos en su mayor parte, y la muerte progresiva de librerías han sido dos de los síntomas más evidentes de esa voluntad de desaparecer todo vestigio de cultura pensante del país. Ni siquiera en Cuba se ha producido un exterminio semejante, avalado por la estulticia y el afán patológico de riqueza y poder de unos cuantos dirigentes que se autoproclaman “de izquierda” e ignoran de hecho el papel que esa condición dio a la actividad cultural y la literatura durante el siglo XX, por ejemplo, en las eras de la postguerra. Esta gente ha pervertido la esencia de un proyecto como la Biblioteca Ayacucho y cambió la amplitud de miras de Monte Ávila Editores por ese bodrio de El Perro y la Rana. Esta gente ha destruido lo que fuera el CELARG, lo que fuera la Casa de Bello, sin contar las Bibliotecas Públicas (que subsisten a pesar de la circunstancias, más bien sobreviven) y hasta los humildes Talleres Literarios de las Casas de Cultura. Lo peor es que han acreditado a una serie de nulidades ignorantes a las que han dado título de poetas y escritores, tan falsos como los médicos integrales comunitarios, tan dudosos como cualquier profesional extraído de la Misión Sucre.

Actualmente, la mayor parte de los escritores que producen están exiliados y desde allí preservan no solamente el legado de sus mayores sino que divulgan los aconteceres de la patria secuestrada. Existe una corriente fluida de producción literaria de alta calidad proveniente de los escritores emigrados y hay, además, un reconocimiento significativo de nuestra literatura en los países extranjeros, especialmente en España. Los casos de Rafael Cadenas, Armando Rojas Guardia y hasta de un ser ambiguo como José Balza son importantes (gente comprometida éticamente, fundamentando su compromiso ético con su creación) Hay escritores que se han quedado en el país, voluntaria o involuntariamente, y van produciendo valerosamente en medio del marasmo, con muy pocas posibilidades de publicar. Por fortuna, las redes sociales, algunas esforzadas editoriales, como Oscar Todmann, y las revistas literarias como Letralia, permiten que estemos más o menos informados y podamos leer los nuevos textos literarios, por supuesto que permeados por la atmósfera de desastres cotidianos. Pero están allí. Sometidos por los incendios y las podas más crueles, renacen una y otra y otra vez, entregándonos el mensaje de esperanza e incordiando a los tiranos con su sola existencia.

III.

Me tocó revisar la lista de los “cultores e intelectuales” (ambas expresiones para revisar bien los conceptos a que refieren) que apoyan a Maduro. En un listado de nombres que no significan nada en términos de obras realizadas destaqué algunos escritores del pasado, me temo que hoy cadáveres insepultos. Reconocí los nombres de Luis Britto García, Earle Herrera, Benito Irady, Alberto Rodríguez Carucci, Luis Alberto Crespo, Arnulfo Quintero López, Gabriel Jiménez Emán, William Osuna, Laura Antillano, Cósimo Mandrilo, Miguel Mendoza Barreto, y. en un arranque de esa curiosidad que me han dado tanto el periodismo como la academia, comparé esta lista de 2019 con otras, de 2012, 2015 y de 2017, donde aparecían otros que ya no están. Por ejemplo, eché en falta al inefable Gustavo Pereira, a José Canache La Rosa, a José Pérez, a Celso Medina, a Gonzalo Ramírez. Por supuesto, tampoco figuran Tarek Williams Saab ni Isaías Rodríguez, que se consideran a sí mismos “poetas de la revolución”, una especie de Mayakovskis subdesarrollados y tercermundistas. Asímismo, busqué las actualizaciones curriculares de los “abajo firmantes” y me encontré conque no han producido, ni publicado nuevas obras prácticamente desde hace 20 años. IV. A pesar de este panorama, a pesar de que la literatura es una víctima más del este malhadado proyecto, como siempre en todos los casos, de sus cenizas revivirá y de los tocones de la poda. Porque toda escritura viene de Dios y los escritores, hasta los más incrédulos, están dentro de esa promesa. Hay lectores, además. Los que han ido envejeciendo en este ámbito, pero también conozco muchos jóvenes que leen y han ido descubriendo más y más lecturas porque gente, como yo, por ejemplo, puede poner en sus manos un libro. Ayer nomás, por ejemplo, vi la mirada iluminada de una jovencita a la que obsequié mi propio ejemplar de “País Portátil”, de Adriano González León. El Tigre, 11 de Febrero de 20