SANDY RAFAEL TUCCI

Comenzaré con una expresión que no es propia, sino del erudito venezolano Juan Liscano (1979): “se ha escrito tanto sobre Doña Bárbara que ya resulta difícil decir algo original sobre ese libro” (p. 101), lo cual es cierto y que, además, no es mi intención. Sin embargo, es una fecha importante, un aniversario más preludio de la centuria de la novela más exitosa y prominente del siglo XX de las letras venezolanas y uno de los libros clásicos en lengua castellana.

Los más destacados y honestos hombres de letras venezolanos han reconocido y reconocen la majestad de la pluma de Gallegos y han sido nobles y correctos al darle a este escritor el valor que se merece y que se ganó por derecho propio.

Rómulo Ángel del Monte Carmelo Gallegos Freire, para el mundo simplemente Rómulo Gallegos, nació en Caracas el 2 de agosto de 1884. De origen humilde, le tocó vivir diversas etapas de la historia de Venezuela, hasta su muerte acaecida el 5 de abril de 1969 en la misma ciudad que lo vio nacer.

Poco antes de nacer, el censo de 1891 revelaba que Caracas poseía unos 55.000 habitantes; para el momento de su muerte, ya la capital venezolana era una de las grandes ciudades americanas, con una población estimada en dos millones de habitantes en su área metropolitana. Eso nos da una dimensión de todas las transformaciones y cambios que debió de vivir Gallegos a lo largo de su fructífera y exitosa vida.

En este ensayo, me ocuparé del escritor, ya que Gallegos tuvo otras dos facetas bien definidas y descollantes que fueron el magisterio y la política. Desde muy temprano, mostró inclinación por las letras, vocación que se despertó en su corto, pero significativo pase por la Universidad Central, donde inició estudios de derecho, pero que más tarde tuvo que abandonar debido a motivos económicos.

De esa pasantía quedó en su haber la conformación de un grupo de jóvenes intelectuales con quienes intercambió y compartió pareceres e ideas y lo cual devino en la publicación de una revista, La Alborada, la cual, con solo ocho números, dejó sembradas las bases de lo que sería la acción futura de las entonces jóvenes promesas de las letras venezolanas: sus inquietudes educativas y formadoras, sus anhelos políticos y sociales y su visión creadora, que resumen las tres facetas más destacadas de Gallegos.

Los cinco jóvenes fueron Julio Planchart, Enrique Soublette, Julio Horacio Rosales, Salustio González Rincones y, por supuesto, el joven Gallegos. “Sólo aparecieron 8 entregas de La Alborada, del 31 de enero al 28 de marzo de 1909” (op.cit.: 45). La revista se vio cercenada por el régimen recién comenzado para la época.

Posteriormente, los jóvenes encontrarían la manera de seguir expresando sus inquietudes, pero ya de diversa manera, en otra revista fundamental para las letras venezolanas, El Cojo Ilustrado, que tuvo una continuidad desde 1892 hasta 1915. Poco a poco, los jóvenes se fueron dispersando y cada uno tomó su propio rumbo.

“Gallegos, en La Alborada, no se manifestó como creador de literatura sino como reformador. En realidad, su personalidad ha estado siempre compartida entre su naturaleza artística y su pensamiento ductor” (op.cit.: 51). La primera narración de Gallegos apareció en El Cojo Ilustrado en 1910, titulada Las rosas y posteriormente Sol de antaño.

La cuentística de Gallegos es abundante; escribió cuentos hasta 1919, con gran profusión, los cuales merecen un estudio aparte. Juan Liscano ha sido uno de los estudiosos más acuciosos de la obra de Gallegos, especialmente en su obra titulada Rómulo Gallegos y su tiempo (1979). Al respecto dice:

…conviene intentar un estudio general de sus cuentos y poner en evidencia su condición de núcleo embrionario de las grandes novelas que escribirá ulteriormente. Porque en las narraciones cortas de Gallegos se encuentran esbozados todos los temas de sus novelas, así como los rasgos de los principales personajes que animarán sus creaciones literarias (op.cit.: 68).

A través de su cuentística, Gallegos fue desarrollando la superestructura de lo que llegaría ser la novelística mejor arquitecturada de Venezuela e incluso de la América hispana. La suya fue una obra de vida, no de un momento, no de una circunstancia, ni de un arranque emocional; tampoco fue un trabajo nada simplista. Correspondió más bien a un desarrollo armónico, in crescendo continuo, elaborado, artístico, detallado y donde siempre hubo esbozos de lo que son los seres humanos, agentes del bien y del mal, constructores y destructores, civilizados y brutales; creadores, soñadores, hacedores, frente a otros ruines y desenfrenados. Se da en su obra claro, muy claro, lo que develara el psicoanalista austríaco Sigmund Freud cuando habló de los impulsos constructores o impulsos del Eros y los destructores, o impulsos del Tánatos.

Ya encaminado por el arte creadora, deja a un lado los cuentos y comienza con su obra novelística. Publicó en la Imprenta Bolívar de Caracas su primera novela, El último Solar (posteriormente Reinaldo Solar), en 1920. Ya el autor tenía 36 años, joven aún para lo que le esperaba por recorrer.

Seguidamente escribe otra novela, El forastero, la cual debido a diversas razones, fue pospuesta para mucho después. Luego escribió el novelín (a veces citado como cuento) La rebelión (Caracas, 1922); Los inmigrantes (novela semanal, Caracas, 1922), para seguir con su primera novela de éxito, La trepadora (Caracas, 1925). Lentamente se había ido abriendo el camino para llegar a la celebrada novela Doña Bárbara (Barcelona, España, 1929); luego seguirán, en orden cronológico: Cantaclaro (Barcelona, 1934), Canaima (Barcelona, 1935), esas tres novelas, en conjunto, son consideradas como la obra cumbre de Rómulo Gallegos. Seguirán después Pobre negro (Caracas, 1937), El forastero (Caracas, 1942), Sobre la misma tierra (Caracas, 1943), La brizna de paja en el viento (La Habana, 1952)  y por último Tierra bajo los pies, de ambiente mexicano, (1971), ésta tenía un título tentativo que fue desechado al final por los editores, el cual era La brasa en el pico del cuervo. Con ello se completa el ciclo novelístico del mayor narrador que haya tenido Venezuela y cuyo nombre figura entre los más grandes autores de la literatura universal. Forma parte él de esos personajes venezolanos que, con seguridad, podemos encontrar en cualquier diccionario y en cualquier idioma del mundo, junto con otros grandes de Venezuela como Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Andrés Bello, personajes de proyección universal, sin menoscabo de aquellos grandes y celebrados creadores venezolanos como Juan Antonio Pérez Bonalde, Teresa de la Parra, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Rufino Blanco Fombona, Guillermo Meneses, Enrique Bernardo Núñez, Ramón Díaz Sánchez, José Rafael Pocaterra, Rafael Cadenas, quienes también lograron trascender las fronteras patrias con amplio reconocimiento.

Doña Bárbara vio la luz el 15 de febrero de 1929, en Barcelona, España, en la editorial Araluce. Como suele suceder con grandes autores, Gallegos tuvo que financiar la primera edición del libro. “Desde el primer momento esta obra fue recibida como una creación literaria de orden excepcional en el campo de la narrativa latinoamericana y aun, por extensión, en todo el ámbito de la lengua castellana. Ese mismo año y en la misma España fue proclamada por la Asociación del Mejor Libro del Mes como la mejor novela publicada en septiembre. Integraban el jurado que discernió tal honor destacados intelectuales como Gabriel Miró, Azorín, Ricardo Baeza, José María Salaverría, Enrique Díaz Canedo, Gabriel Gómez Baquero y Pedro Sainz” (Medina, 1973: 65).

Esta novela fue una de las primeras que leí en mi vida; cuatro veces la he leído y ahora estoy haciendo la quinta, cada una ha sido una lectura nueva. Más allá de las innegables cualidades de la novela, mencionadas por la mayoría de sus estudiosos, hay una pregunta que deberíamos hacernos todos, especialmente aquellos dedicados a las letras: ¿qué elementos hicieron de esta novela un libro exitoso desde el primer momento? ¿Por qué levantó tanto polvo entre la crítica especializada y la crítica malsana? ¿Y por qué no ha habido en el país otra novela que haya tenido la contundencia y resonancia de Doña Bárbara?

Sin contar las de Gallegos, en Venezuela ha habido un elevado número de novelas y por lo menos, un centenar de ellas son buenas, algunas excepcionales; creadores preocupados que ya venían despuntando desde el siglo XIX, donde la primera de todas se atribuye a Fermín Toro, Los mártires (1842), según Larrazábal (1999); seguido de otras veinte o más novelas, donde merecen nombrarse Zárate, de Eduardo Blanco (1884); El sargento Felipe, de Gonzalo Picón Febres (1889) y Peonía, de Manuel Vicente Romero García (1890); luego ya entrado el siglo XX, El hombre de oro (1915), traducida a diversos idiomas como el inglés, italiano, alemán y ruso, de Rufino Blanco Fombona, quien fuera el primer venezolano en ser postulado al premio Nóbel de Literatura; En este país, de Luis Manuel Urbaneja Achelpohl (1916), primera novela en ganar un reconocimiento fuera de las fronteras patrias; Memorias de mamá Blanca (1929), de Teresa de la Parra, traducida al francés; Las lanzas coloradas (1931), de Arturo Uslar Pietri, ejemplo de novela histórica; Cubagua (1931), de Enrique Bernardo Núñez, señalada como primer antecedente del llamado boom latinoamericano, al ser una obra que rompe con los planos temporales; Casas muertas (1955) de Miguel Otero Silva, de suave lectura, traducida al inglés, francés, búlgaro, italiano, sueco, polaco, estoniano, portugués, húngaro, serbocroata y alemán; después de Gallegos, Otero Silva ha sido uno de nuestros escritores más traducidos;  Cumboto (1950), de Ramón Díaz Sánchez, traducida al inglés, francés e italiano; La visita en el tiempo (1991), de Arturo Uslar Pietri, ganadora del premio de novela Rómulo Gallegos y del Príncipe de Asturias, en España; La enfermedad, de Alberto Barrera T. (2007), ganadora del premio Herralde, de novela, en España. Desde luego, estoy siendo mezquino con esta lista. Confieso que aún me faltan novelas por leer como las de José Rafael Pocaterra, Manuel Díaz Rodríguez, Federico Vega y unos cuantos más, que sé que son importantes.

La primera noticia que tuve sobre Doña Bárbara fue hacia 1969. No fue una lectura sino un escuchar, ya que, para entonces, estudiaba el sexto grado de educación primaria, en la clase de castellano y literatura; la maestra Elsa Alfonso, de aquel tipo de maestro sabio y ductor, muy superior a cualquier profesor egresado de nuestras universidades pedagógicas de este siglo XXI, nos leyó el capítulo de “La bella durmiente”; la clase entera guardó silencio, creo que todos estábamos fascinados con la lectura; fue algo fantástico, si se quiere mágico. Sé que mis compañeros también siguieron con atención la lectura, muy bien hecha por la maestra, con los debidos matices en los diálogos, porque al salir de clase los comentarios fueron favorables. Quedé con una grata sensación.

Un año después, ya de trece años, logré que mis padres me compraran la novela y la leí toda; para mi edad, fue una lectura dificultosa, a ratos interesante, a veces sorprendente. No la entendí mucho, pero el capítulo que ya me había leído la maestra en clase fue mi favorito. A mis diecinueve años, la leí por segunda vez para hacer un trabajo como estudiante de letras y fue una lectura fascinante, absorbente, realmente nueva. Me atrapó de principio a final. Vi nuevas cosas, nuevos elementos que, debido a la corta edad, se me habían escapado la primera vez. Posteriormente leí la novela dos veces más y cada lectura fue más enriquecedora que la otra; y ahora, como ya mencioné, acabo de realizar mi quinta lectura.

Difícil es, para cualquier creador, reunir todos los elementos que configurarán el éxito de una novela. Gallegos lo logró, tal vez presintió el éxito que le esperaba. Decir, como se ha expresado en una opinión casi unánime que el autor narra un conflicto entre civilización y barbarie es dar una opinión simplista. Que es una lucha entre el bien y el mal, igual. Aunque eso está presente, hay mucho más. El protagonismo de la naturaleza, del paisaje, recibe bajo la pluma de Gallegos un tratamiento trascendental, que sale de la palabra convertida en miles de imágenes que vuelan en la mente del lector y subyugan el espíritu, haciéndole partícipe de la naturaleza indómita, de los ríos, de las inundaciones, de la llegada de las lluvias, el vuelo de las aves autóctonas, el regreso de los chicuacos, el peligro del caimán, el tuerto del Bramador, legendario y temido animal, que quita el sueño a las mentes infantiles o provoca el reto de las juveniles; la fuerza arrolladora del tremedal, capaz de tragarse a cuanto bicho caiga en él.

Los personajes están enmarcados en todo esto; son parte de la naturaleza bravía, de los Llanos apureños, del estero, del Meta, del cajón del Arauca, del Arauca vibrador, el mismo del Alma llanera, nuestro segundo himno nacional. Santo Luzardo es un símbolo, el emisario civilizador como lo es Gallegos, el gran civilista. En palabras de Pérez (1980): “Si se intentara definir a Gallegos con un calificativo que expresara lo que él fue en su carrera política y literaria, habría que llamarle, sin vacilaciones, civilizador. Eso lo fue en grado superior para Venezuela, y aun para Hispanoamérica, mal desbravada todavía en varios aspectos” (p. 234).

Marisela, de niña salvaje a mujer civilizada, es la muestra de que se puede transformar al ser humano, para bien, para provecho propio y ajeno; es la obra de Luzardo, su logro, su triunfo.

Bárbara, la dañera, la bruja, la mujerona ruda y temible, también es capaz de declinar y al recordar su propia juventud, decide darle la oportunidad a su hija de disfrutar del amor, puro y auténtico, del que ella fue arrebatada en el pasado y que ahora en el presente tampoco pudo tener. En el pasado, porque una cuerda de violadores y asesinos no solo mataron a Asdrúbal, aquel nunca olvidado amor, sino que abusaron de su doncellez.

El tratamiento que da Gallegos a cada personaje es profundo, intenso, introspectivo; no se le escapa detalle alguno. Sabe de dónde viene y adónde va cuando nos presenta a cada uno de ellos, no solo a los tres principales, que le pelean el protagonismo al paisaje, sino también de los otros, Lorenzo Barquero, Ño Pernalete, Mujiquita, Antonio Sandoval, Melquíades Gamarra, Balbino Paiba, el viejo Melesio y sus nietas, Juan Primito.

¿Cómo se aprecia el éxito de una novela?

Existen muchos factores que pueden indicarnos cuán exitosa es una obra, más allá de las meras palabras de quien pudiere escribir acerca del asunto. No obstante, podría enumerar algunos que, a mi juicio (no tendría por qué decirlo), son indicadores del éxito. Es como el halago, a veces quien te critica y trata de refutarte no hace sino elogiarte. Bien, podría decir que el éxito de una novela (habla de novelas, ok) se debe a los siguientes factores.

1.-La gran de aceptación que tiene en el público lector, primer factor y de un peso relevante. ¿Qué más quiere un escritor si no que lo lean? Y cuantas más personas lo lean, mejor. Y si los lectores son muchos, eso da pie a las sucesivas ediciones. Esta novela ha sido las más editada de Venezuela y compite por los primeros lugares con las mejores novelas americanas. Eso es una medida del éxito. Una persona lee algo que le gusta y como le gusta, lo recomienda: “esa novela es buenísima”, te dicen, “léela, te la recomiendo”. Y esto es válido, perfectamente válido. De ese modo leí yo El alquimista, de Paulo Coelho, y posteriormente seguí leyendo casi todas sus obras, un autor harto criticado, pero que a mí me fascina.

2.- Por el número de opiniones especializadas. Que muchos críticos y personas vinculadas a las letras hablen bien de una obra y destaquen sus bondades, logros y alcances, es también una medida de éxito. Se ha logrado algo que no es fácil y que muchos quisieran para sí mismos. Es muy larga la lista de autores, estudiosos e investigadores que se han ocupado de la vida y obra de Rómulo Gallegos. Sin haber sido exhaustivo, puedo mencionar a los siguientes: José Vicente Abreu, Miguel Ángel Acosta Saignes, Raúl Agudo Freites, Ciro Alegría, Fernando Alegría, Guillermo Álvarez Bajares, Enrique Ánderson Imbert, Rafael Angarita Arvelo, Orlando Araujo, Pedro Arnal, Carlos Arocha Luna, Rafael Arráiz Lucca, José Juan Arrom, Eduardo Arroyo Álvarez, Enriqueta Arvelo Larriva, Miguel Ángel Asturias, Ramón Eduardo Azócar Áñez, Salvador Azuela, Carlos Baeza, Pedro Pablo Barnola, Gonzalo Barrios, Julio Barroeta Lara, Giuseppe Bellini, Manuel Bermúdez, Pedro Beroes, Andrés Eloy Blanco, Rufino Blanco Fombona, Juan Bosch, Salvador Bueno, Luis Buitrago Segura, Rafael Caldera, Gustavo Luis Carrera, Rafael Ramón Castellanos, Henry Cohen, Simón Alberto Consalvi, Luis Cordero Velásquez, Edoardo Crema, Humberto Cuenca, Ángel Damboriena s.j., Rafael Di Prisco, Hernán Díaz Arrieta, Raúl Díaz Legorburu, Pedro Díaz Seijas, Fernando Díez de Medina, Lowell Dunham, José Fabbiani Ruiz, Carlos Felice Cardot, José Miguel Ferrer, Julio Figueroa, Juan Bautista Fuenmayor, Edgard Gabaldón Márquez, Manuel García Hernández, Miguel García Mackle, Salvador Garmendia, José González González, Manuel Pedro González, Ramón González Paredes, Ida Gramcko, León de Greiff, Howard Harrison, Luis Guillermo Hernández, Luis Herrera Campíns, Andrés Iduarte, Ernesto Krebs, Oswaldo Larrazábal Henríquez, Alejandro Lasser, Ulrich Leo, José Ramón Luna, Arthur Lundqvist, Bertil Malmberg, Ángel Mancera Galleti, Carmen Mannarino, Jorge Mañach, Hilda Marban, Juan Marinello, Alexis Márquez Rodríguez, Marco Antonio Martínez, Felipe Massiani, José Melich Orsini, Antonio José Medina, José Ramón Medina, Concha Meléndez, Domingo Miliani, Luciano Millán, Julio Miranda, Carlos Eduardo Misle, Rubén Monasterio, Ricardo Montilla, Ángel Luis Morales, Pedro Moreno Garzón, Guillermo Morón, José Nucete Sardi, Enrique Bernardo Núñez, J. de J. Núñez y Domínguez, Rafael Olivares Figueroa, Napoleón Ordosgoiti, Germán Augusto Orihuela, Fernando Ortiz, Luis Enrique Osorio, Julián Padrón, Fernando Paz Castillo, Héctor Pedreáñez Trejo, Galo René Pérez, Lucila L. de Pérez Díaz, J. A. Pérez Regalado, Mariano Picón Salas, Ramón Piña Daza, Julio Planchart, Luis Beltrán Prieto Figueroa, José Rafael Pocaterra, María Ramírez Ribes, Julio Ramos, Raúl Ramos Calle, Dilwyn Ratcliff, Alberto Ravell, José Restrepo Jaramillo, Rafael Ángel Rivas Dugarte, José Rivas Rivas, Juan Carlos Rivas Rivas, Ramón Armando Rodríguez, Adolfo Rodríguez Rodríguez, Manuel Alfredo Rodríguez, Emir Rodríguez Monegal, Julio Horacio Rosales, Waldo Ross, Leonardo Ruiz Pineda, Vicente Sáenz, Carmelo Salvatierra, Óscar Sambrano Urdaneta, Luis Alberto Sánchez, José Manuel Sánchez Osto, Jesús Sanoja Hernández, Jesús Semprum, J. M. Siso Martínez, Pedro Sotillo, Efraín Subero, Arturo Torres Rioseco, José Umaña Bernal, Arturo Uslar Pietri, Ramón J. Velásquez, Pascual Venegas Filardo, José Vila Vielma, Rafael Viloria, Jesús Yerena, A. Zerega Fombona, entre muchos otros.

3.- Por el número de opiniones negativas sin fundamento. Esto, igualmente, es una medida de éxito. El requisito principal es que hayan leído la obra, pues si no, la crítica no vale. Es como decir que algo no me gusta sin haberlo probado. De esto hablaré un poco, más adelante.

4.- Por la vigencia de la obra en el tiempo. Prueba superada. Doña Bárbara ya tiene noventa años y aún sigue dando lata. Cuando un autor logra el éxito, se pone de moda. Todo el mundo habla de él hasta el cansancio, lo que llega a producir reacciones en contra del autor. Eso origina que algunos críticos se den a la tarea de desarrollar el punto 3 antes mencionado. Sin embargo, una vez superadas la moda y la reacción de entusiasmo del público lector, si la obra permanece intacta en el tiempo, se convierte en un clásico. Algunos críticos han dicho que Gallegos es el primer clásico venezolano. La permanencia en el tiempo la dicta solamente el tiempo. ¿Por qué algunas obras permanecen y otras se olvidan? Vaya usted a saberlo. Sucede con las canciones; hay algunas que son simples y sencillas y resisten el paso de los siglos, como Ansiedad, de Chelique Sarabia; Alma llanera, Venezuela, El cóndor pasa, Las mañanitas y un largo etcétera. Por ejemplo, el cuento Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll ¿por qué ha permanecido en el tiempo? ¿Tuvo su autor la más remota idea de que eso sucedería? Creo que no. Un cuento fantástico, lleno de aventuras, de situaciones inesperadas e increíbles, que aún subyuga a niños y adultos, llevado al cine y a la televisión en numerosas ocasiones. Recientemente fue llevada al cine una vez más y a pesar de haber recibido numerosas críticas, se convirtió en la película más taquillera de toda la historia del cine estadounidense.

La vigencia de una obra literaria no la dan ni premios ni propagandas. Surge solamente de la preferencia de los lectores o del público en general. Doña Bárbara ha roto su propio récord de ediciones. Que un premio no es garantía de la vigencia de una obra literaria lo demuestra, a las claras, el Concurso Anual de Cuentos de El Nacional, considerado por muchos como un galardón de trascendencia (y tal vez lo fue en un principio), pero muchos de los ganadores son unos soberanos desconocidos. Cierto es que varios de los ganadores, sobre todo los primeros, se convirtieron en escritores de primera línea y con su presencia prestigiaron el premio, pero su permanencia en el tiempo no se debió al premio, algo circunstancial, sino a su tesonera y ardua labor como escritores. En tanto que hubo otros que nunca ganaron dicho premio, como Gabriel García Márquez, quien concursó varias veces sin lograr la gracia del jurado. ¿Quién perdió? En este caso, el premio.

La vigencia de Doña Bárbara se hace presente cuando la obra se convierte en leyenda. Fue llevada al cine y representada por la mítica actriz María Félix, en pareja con Julián Soler; en Argentina, por Esther Goris y Jorge Perugorría; en Venezuela, por Marina Baura y Elio Rubens; en coproducción de la cadena Telemundo, por Edith González y Christian Meier, en este siglo XXI, a casi noventa años de publicada por primera vez la novela. Que la han deformado, que le han añadido nuevos elementos, que le han inventado historias paralelas que no están en la obra original, ello es cierto, pero todo eso forma parte de la leyenda.

Por ello resulta conveniente traer a colación las palabras de Liscano (1979):

Doña Bárbara era algo más que un libro destinado a un éxito editorial momentáneo. En esto estriba la conjunción poco corriente de un libro fundamental y de una publicidad que lo exalta. Doña Bárbara dobló el cabo siempre peligroso del éxito momentáneo. Resistió a esa vanagloria. Fue ahondando surcos en el campo de las letras españolas e hispanoamericanas (p. 96).

5.- Por el grado de identificación del lector con la obra. Éste es un asunto personal. Cada quien, hombre o mujer, puede identificarse con un personaje, Bárbara, Santos, Marisela, Antonio Sandoval (casi siempre los buenos o los principales), pero lo cierto es que aún hay muchos Ño Pernaletes y Mujiquitas, presentes en nuestra geografía, en la fauna política. De igual modo está la empatía, que, trascendiendo lo personal, nos lleva a ver reflejado el país, en su devenir, donde hemos presenciado momentos de gloria y esplendor, seguidos de caídas abruptas, a veces inexplicables, como ésta de comienzos del siglo XXI. A veces, la identificación no es personal, sino geográfica e histórica. Hay lazos, íconos, símbolos, que nos tocan de manera consciente o inconsciente, pero están allí, haciendo su efecto.

6.- Por el número de traducciones. Doña Bárbara fue traducida al inglés en 1931 y editada en esa lengua unas seis veces más, y luego al checo, al portugués (2 veces), alemán (2 veces), noruego, francés, sueco, italiano, hebreo, árabe (2 veces), estoniano (3 veces), croata, ruso (2 veces), lituano, búlgaro, finlandés, rumano (2 veces), polaco, húngaro, letón, esperanto, chino, entre otras más. Ha sido el libro más traducido de los venezolanos y uno de los pocos de América Latina, donde los que han logrado algo similar han sido Paulo Coelho y Gabriel García Márquez. Gallegos ha sido leído en lenguas extrañas, ajenas a los caracteres latinos y a la cultura occidental. ¿Por qué? ¿Por qué ha llegado tan lejos? Ningún otro libro venezolano ha logrado emular la hazaña de Doña Bárbara. ¿Cuestiones de época, de tecnología, de redes sociales, de internet? ¿O será debido a la excelsa calidad de un libro de proyecciones universales? ¿Dice eso algo? Creo que algo no, pero mucho sí. Eso no lo inventó Gallegos, ni Araluce, ni el jurado que le dio el premio del mes. Eso se dio, sucedió.

El hecho de que una obra sea traducida a una lengua, no significa mucho en sí mismo; mayor significación tiene el hecho de que, una vez traducida, haya tenido que ser vuelta a traducir y editar, lo cual revela aceptación del público lector, pero ya un público lejano, distinto, con otros criterios menos mezquinos que el de sus congéneres venezolanos. Y que una vez traducida, se siga traduciendo a otra lengua y a otra y otra, cada vez más alejada, menos emparentada, como el árabe o el chino. ¿De qué nos habla eso? De una cosa: de aceptación universal. ¿Qué hace que culturas tan diferentes acepten y lean una obra como Doña Bárbara, que expresa una realidad criolla, una realidad venezolana? Hay un dicho literario que viene desde León Tolstoi, quien dijo: “¿quieres ser famoso? Háblame de tu aldea” y eso fue precisamente lo que hizo Gallegos. Hablar de su aldea. Eso significa ser auténtico, espontáneo, claro, diáfano. No es hablar de mundos lejanos, ciudades distantes que no se conocen. Saúl Bellow en su novela El legado de Humboldt (1975) se atrevió a hablar de Ciudad Bolívar, pero la imagen que él da de la ciudad indica que nunca estuvo allí, ni siquiera en Venezuela. Es una imagen totalmente falsa y atroz. Gallegos también nombra los Llanos, pero el escritor fue exclusivamente a visitarlos para conocerlos y describirlos en su exuberante belleza, con sus peligros y sus misterios y dentro de él, la vida del llanero. Lo que expresa la novela está imbuido de humanidad. El factor humano allí presente es capaz de ser sentido y asimilado por cualquier cultura y allí está la trascendencia de la obra. Es la Venezuela empática con el resto del mundo a través de la grandiosa, de la excelsa palabra de Rómulo Gallegos. Y todo esto lo logró el emérito escritor con trabajo, tesón, constancia, estudio, planificación, reflexión, lecturas, preparación, viajes, salidas de campo, observación de personas, compartires, documentación, imaginación creadora y todo ello lo puso, sin mezquindad, al servicio de la palabra escrita. La obra de Gallegos, no solo Doña Bárbara, sino toda su novelística e incluso la cuentística, a lo cual puede sumarse la ensayística, responde a un plan verdaderamente organizado, un plan de vida que se extendió más allá de las fronteras patrias, más allá de América Latina, más allá del mundo hispano, más allá de más lejos que más nunca; donde ha estado inmerso de variadas formas su anhelado deseo civilizador, de transformar al ser humano en un ente próspero, positivo, guiado por el espíritu del bien, por los impulsos del Eros, desde el punto de vista freudiano, donde están presentes, de igual modo, los arquetipos jungianos, el inconsciente colectivo operando y que en muchos casos es necesario conocer para poder vencerlos o superarlos. Por eso, Doña Bárbara, así como otras obras de Gallegos, ha sido traducida no una sino múltiples veces.

7.- Por la influencia que ejerce el escritor en su medio literario. Que Gallegos ejerció influencia en los escritores de su tiempo es innegable; eso se produjo de diversas maneras y da para un trabajo de investigación aparte. Por un lado, por imitación o por modelado, y por otro, por oposición. Los críticos y estudiosos literarios Juan Liscano y Orlando Araujo, entre otros, se han referido a esto, por lo cual no voy a ahondar mucho en ello. (Larrazábal, 1999) dice: “…Quiérase o no, Gallegos constituye un punto de referencia, a la vez que sigue significando un valor establecido y ejemplarizante dentro de la novela española”, y más adelante: “Rómulo Gallegos significó un cambio dentro del género porque escindió su historia y su trayectoria en dos mitades bien definidas…” (p. 111).

De igual modo, Arráiz Lucca (2009), dice: “…la obra de Gallegos es un hito incómodo para los narradores que le suceden. Su magnitud es tal que partió las aguas en un antes y un después de su aparición” (p. 24). Estas palabras lo dicen todo y corroboran la opinión expresada por Larrazábal.

8.- Por la calidad de la obra (lenguaje, mensaje, valores). Como ya he expresado, la obra de Gallegos no es producto del azar sino que responde a un plan de trabajo y vida bien organizado. De haber vivido más tiempo y con plenas facultades, su obra habría sido mucho mayor y más abarcadora, a pesar de lo productiva que fue. Sus novelas fueron también reflejos de sus vivencias; así produjo una novela cubana y otra mexicana. En Venezuela, como se ha dicho, cada región tiene su novela, pero le faltaron la oriental y la andina, por lo cual, digo, le faltó tiempo. Sin embargo, eso no es lo que hizo excelsa su obra. No se trataba de describir regiones o tipos humanos.

El lenguaje de Gallegos es muy elaborado, lleno de imágenes propias e infinitas; no es una narración simple; su lenguaje no es procaz, recurso muy utilizado por gran cantidad de escritores posteriores a él, en la segunda mitad del siglo XX, pero lo cual no es garantía del éxito. En este sentido, Víctor Hugo utilizó la palabra mierda en su época, lo cual fue motivo de escándalo; en el boom latinoamericano fue prácticamente de “uso obligatorio” y digo así, porque en mi pase por el taller de narrativa en el Celarg, en 1979-1980, una de las compañeras talleristas, Agustina Ramos, me recomendó que no usara la palabra defecar porque no era la apropiada, sino que debía decir cagar, para que así mis escritos tuvieran mayor autenticidad. Es lo que han hecho cientos de escritores y siguen en el anonimato.

El laureado escritor peruano, premio Nóbel de Literatura en 2010, a quien mucho respeto le tengo, ha usado ese recurso profusamente, pero estoy seguro de que ésa no ha sido la clave de su éxito. En el ya mencionado Concurso de Cuentos de El Nacional ganaron algunos trabajos llenos de groserías, donde la calidad de la obra estuvo totalmente ausente y cuyos autores permanecen aún en el anonimato o han tenido un magro desempeño en el campo de las letras nacionales. El designio del jurado pareció responder más a una moda, una tendencia, que a un juicio objetivo.

El lenguaje de Gallegos es medido, sobrio cuando tiene que serlo, y audaz cuando lo amerita la ocasión; coloquial, según el caso; familiar, que no es lo mismo, en otros casos; o profesional, académico o artístico cuando la situación lo amerita. “La lengua propia de Gallegos es un español literario en el que sólo los términos relacionados con el medio nos recuerdan, de cuando en cuando, en qué latitud nos encontramos. No se trata, pues, en absoluto, de una literatura escrita en lengua popular” (Malmberg, 1974: 163).

Sea como fuera, el mensaje de Gallegos, a veces pesimista, otras optimista, es ductor; siempre está lleno de valores y aun cuando el fatalismo haga sucumbir a alguno de sus personajes, siempre queda la posibilidad reflexiva del lector al decirnos: si no hubiera sido por este hecho, la realidad habría sido distinta y en esa actitud reflexiva, hay implícito un mensaje positivo, lleno de valores. Tal vez si Bárbara no hubiera sido violentada y maltratada, tal vez si no hubiesen asesinado a Asdrúbal, su vida habría sido distinta. Causa y efecto. Pudo haber sido, pero no fue.

Opiniones favorables

He querido dejar este apartado para tratarlo aquí con más detalle. Las apreciaciones favorables a la obra de Gallegos son muchas y de gran valía, sobre todo proviniendo de voces autorizadas.

José Restrepo Jaramillo, novelista colombiano, “le escribió a Gallegos entusiasmado desde Bogotá y le expresa que si Colombia tiene a José Eustasio Rivera y Argentina a Ricardo Güiraldes, Venezuela lo tiene ahora a él, que vale por los dos” (en Torrealba Lossi, p. 109).

Jorge Mañach: “Doña Bárbara es gran novela. Una gran novela americana (…), alcémosla en alto para que toda América —y toda Europa— la mire y aplauda” (en Liscano, p. 94).

El destacado crítico argentino Enrique Ánderson Imbert (1964), lector incansable y estudioso de las letras hispanoamericanas, a quien le gustaba llamar al pan, pan y al vino, escribió:

Doña Bárbara es una gran novela. La prosa corre como la sabana venezolana. El autor cambia de actitudes —lírica, costumbrista, psicológica, sociológica— a lo largo del relato y desde cada perspectiva logra páginas admirables. ¿Quién ha descrito mejor que Gallegos el paisaje de la llanura, una doma, la junta de ganado? (p. 92).

En opinión de Liscano (1979):

…ninguna novela venezolana antes de Doña Bárbara posee: “solidez, equilibrio, ponderación, sostenido aliento poético, intensidad dramática, personajes desbordantes de vida y veracidad. Doña Bárbara constituía una síntesis y una culminación. Lo que otros autores no habían logrado porque fallecieron prematuramente o porque perdieron el rumbo o porque les faltó inspiración, se cumplía en este libro que, según Ricardo Baeza, señalaba “la entrada de la literatura hispanoamericana en la edad viril” (p. 100).

Atención a lo que dice Baeza, no está hablando de la venezolana sino de la literatura hispanoamericana hasta ese momento, 1929. Dos opiniones en una sola. Como corolario, Ricardo Baeza Durán fue un escritor español (1890-1956), doctor en letras y derecho, crítico y traductor, autor de Clasicismo y romanticismo (1930), entre otras obras.

Pedro Pablo Barnola (1970) expresó:

…Rómulo Gallegos. Todo un nombre y toda una obra, que darán su máximo prestigio a la literatura venezolana de los tiempos modernos y que colocan nuestra novela a la par de las que con mayor aceptación y mejores credenciales se habían escrito en la literatura hispanoamericana (p. 70).

El lingüista sueco Bertil Malmberg (1974) dice: “…la gran novela Doña Bárbara (1929) (…) es una jugosa descripción de la naturaleza y de los hombres en un país del que Arthur Lundqvist ha escrito que ‘el contraste entre la civilización y la barbarie de las tierras salvajes es abismal’ ” (p. 161). Lundqvist, poeta sueco (1906-1991) fue autor de una copiosa y prolífica obra poética, además de su autobiografía y un ensayo crítico titulado Excursiones con escritores extranjeros (1969).

El destacado ensayista ecuatoriano René Galo Pérez (1980) expresó: “Rómulo Gallegos es quizás el más destacado representante de la novela telúrica de Hispanoamérica” (p. 136) y más adelante: “Doña Bárbara es la novela de los Llanos que aún no han recibido los bienes del progreso y la cultura…” (pp. 236-237).

Ramón D. Peres (1980): “Sus títulos mejores (…) retroceden ante la importancia de Doña Bárbara (1929), la gran novela naturalista de América” (p. 550).

Mario Torrealba Lossi (1985):

…¿cuáles fueron las repercusiones que el triunfo literario de Gallegos tuvo en Venezuela? ¿Cómo influyó en el continente, en Norteamérica y en Europa el veredicto del jurado español? Mientras Robert Malley (…) lanzaba en 1931, la primera edición en inglés de Doña Bárbara, aquí no hubo muchos comentarios de tipo exegético ni crítica. En Colombia, León de Greiff había dicho ya que, con La trepadora y con esta obra reciente, Gallegos se convirtió en uno de los escritores ‘más leídos de América’. Los venezolanos se ocupaban de otras cosas (p. 110).

Estaban más ocupados en alabar al régimen de turno que en reconocer la gloria de las letras venezolanas cuya resonancia acababa de ser mundial. Más adelante, continúa Torrealba Lossi:

Debió llegar desde fuera el reconocimiento, para que los periódicos y las revistas locales se ocuparan del triunfo de Gallegos. El primero en emitir opinión —también lo hizo en 1950 con Giraluna [del poeta Andrés Eloy Blanco]— fue Pedro Sotillo, quien en El Universal del 24 de abril de 1929 publicó un artículo en donde destacaba la originalidad de la obra y lo que ésta venía a significar dentro del proceso de la novelística venezolana e hispanoamericana (p. 111).

José Ramón Medina, destacado escritor, ensayista y poeta venezolano, estudioso de la literatura venezolana in extenso, acota lo siguiente:

Doña Bárbara (…) es un apasionado fresco americano, que desnuda y acusa con descarnada palabra el drama social y político de sus pueblos; pero, a la vez, es la exaltación poética más acabada de una de las regiones más hermosas y salvajes de América (p. 66).

Luis Beltrán Guerrero (en Medina, 1973): “Rómulo Gallegos representa en la novela hispanoamericana un papel semejante al de Darío en la poesía. Es quien rompe definitivamente las cadenas del género y le da sello autóctono de americanidad” (p. 108).

Rafael Arráiz Lucca (2009), expresa: “…fue en Doña Bárbara donde el manejo arquetipal de los personajes, su psicología profunda, su escritura  y su trama se erigieron en columnas de una novela que se tornó en una suerte de emblema de la nacionalidad” (p. 23).

Opiniones mezquinas

El subtítulo acá antepuesto podría ser cualquier otro, como “adversas, contrarias, negativas”, etcétera, pero me parece el apropiado por no darles un calificativo más incisivo.

La primera es de Palacios (1985), quien de entrada se equivoca en la fecha de muerte del escritor, donde sale “1964” y no 1969, como corresponde. Uno podría pensar que se debió a un error de digitación al transcribir los datos, pero el 4 y el 9 están bastante alejados en el teclado. Sin embargo, eso es lo de menos. A continuación cito textualmente:

Su oba ha tenido una difusión y un reconocimiento, dentro y fuera del país, mayor que la cualquier otro escritor; pero es evidente que esta fama también se ha debido en parte a la importancia pública y política de Gallegos (p. 65).

Estas palabras, sumadas al pelón de la fecha de muerte, revelan solo una cosa: Palacios está escribiendo sobre lo que no conoce. Es un desatino total. No tanto por lo referido a la importancia pública sino la política, pues, Gallegos, quien ya venía ganando fama en Caracas, era un desconocido en el exterior y trascendió a la fama universal con la publicación de Doña Bárbara en 1929. Para ese momento, no tenía ninguna vinculación con la política, al contrario, fue la fama literaria la que le abrió el camino de la política. Cuando la novela se tradujo al inglés, en Estados Unidos, fue en 1931, y luego a sucesivas lenguas, todo ello en seguidilla, de modo que cuando Gallegos regresa al país, tras la muerte del dictador de aquel momento, era el año de 1935, ya llevaba seis años justa fama y de difusión mundial; ya había publicado Cantaclaro y Canaima, las tres consideradas como sus mejores novelas, obras cumbres, obras maestras habidas en su pluma. A partir de 1935 fue cuando los grupos políticos comenzaron a atraerlo debido a su prestigio alcanzado como escritor. Todo esto parece ignorarlo Palacios al expresar tal desajuste. Por supuesto, que en subsiguientes palabras no le reconoce los méritos a Gallegos, lo cual deja muy en claro que tampoco ha leído su obra. Su “Aproximación a la palabra escrita en Venezuela” está llena de faltas que no vale la pena comentar.

Otra opinión, en un trabajo mejor elaborado y documentado que el anterior, la tenemos de Britto (2007), pero no por ello deja de ser mezquino. Al referirse a Gallegos dice: “El personaje del reformador adquiere ribetes de predicador y visos de triunfador en la vasta narrativa del caraqueño Rómulo Gallegos” y más adelante: “En su épica Doña Bárbara se enfrentan un reformador culto, doctorado y propietario ausentista que intenta modernizar el llano, y una mestiza que ocupa por las vías de hecho la tierra que trabaja” (pp. 216-217). Es todo lo que refiere a la novela en su “panorama” de las letras venezolanas. Primero lo de “ribetes de predicador y visos de transformador” revela mezquindad, puesto que se está refiriendo, duélale a quien le duela, a una obra que forma parte de la literatura universal; además, sus palabras tienen tintes peyorativos, no exentas de carga ideologizante marxista-comunista, cuando dice “propietario ausente” (¿leyó la novela?), a un personaje que estuvo en Caracas recibiendo su formación académica que lo convirtió en hombre de leyes y culto, además; luego cuando dice la mestiza que ocupa “la tierra que trabaja”, ¿y de qué manera trabaja ella la tierra? ¿Igual que los reformadores de comienzos del siglo XXI? Sí. Se ocupa del robo de ganado, de cachapear (léase la novela para saber qué significa este término), de mudar cercas para ampliar sus dominios en desmedro de sus vecinos. Nada de eso dice Britto sino que ella ocupa “la tierra que trabaja”, no importa cómo ella la obtuvo, pues habiendo tanta tierra en Venezuela, ella se antoja de las que tienen dueño; no importa si ella robó o tracaleó para apropiarse de esas tierras. Bárbara no tenía ningún plan reformador ni de progreso ni de mejora. Las ocupa y eso es lo que importa a la ideología comunista que ha llevado a tantos países a la miseria y el hambre, como nos ha tocado vivir a nosotros.

En cambio Santos sí, reformador, civilizador, imagen ideal de Gallegos; tenía planes de progreso, de mejorar y aumentar la producción, quería ver el Llano y al llanero viviendo y siendo de una manera más humanizada; en su finca había jornadas de vaquería, producción de leche y carne, renovación de pastizales; tenía intenciones de enrazamiento del ganado y, por supuesto, el comercio del mismo, medio de todo ganadero de subsistir. Sucede que a los comunistas y a muchos socialistas, la palabra comercio les huele a pecado, como si entre ellos no hubiera comercio alguno, lo que podría ampliar acá, pero eso es tema para una tesis doctoral, por lo cual lo dejo de lado.

Luego de hacer un sucinto recuento de la obra de Gallegos, que bien pudo haber tomado de cualquiera de sus excelentes biógrafos, dice lo siguiente: “De este panorama novelístico se ha dicho con justicia que emblematiza la opinión positivista entre civilización y barbarie mediante el enfrentamiento entre personajes-símbolo…” (p. 217). Póngase atención en el “se ha dicho”; lo han dicho otros; me vuelvo a preguntar: ¿leyó a Gallegos? Para rematar: “Que a partir de Doña Bárbara, y quizás gracias al conocimiento del Diario de un llanero, de su informante Torrealba, sus personajes populares son también conocedores de tradiciones y leyendas” (p. 217). ¿Qué pretende Britto al decir esto? ¿Que la obra de Gallegos no es original? ¿Restarle mérito a su obra, a su pluma? ¡Por favor! Gallegos se trasladó a los Llanos, convivió con los llaneros, se documentó, retrató, describió y tomó notas. Preparó muy bien su novela. Su fuente de inspiración fue Venezuela, su naturaleza, sus paisajes, su gente, entre ellos el informante Torrealba, convertido en el concienzudo Antonio Sandoval de la novela. ¿Hay algún pecado en todo ello? ¿Eso le resta originalidad a su obra? Otros escritores han hecho cosas similares. Miguel Otero Silva se trasladó a El Tigre y se residenció en esa ciudad durante un tiempo para ambientarse y documentarse, vio las cabrias, visitó los pozos y campos petroleros, habló con los obreros y los primeros pobladores, hizo un cuestionario que entregó a un informante con 150 preguntas y todo ello para escribir su novela Oficina N° 1. También otros escritores extranjeros lo han hecho.

¿Y la literatura subversiva no lo ha hecho? Cuando se han metido en los cerros de Caracas y en las cárceles y han copiado el habla del malandro, el argot del resentido social ¿está haciendo algo diferente? ¡Cómo les cuesta reconocer la grandeza de un escritor que por mérito propio llegó a una cumbre, hazaña que no ha llegado a emular otro novelista venezolano! Egoísmo o mezquindad, no sé qué nombre darle.

Otra opinión, aparecida en el diario El Universal, en 1997, muy breve, de Milagros Mata Gil, quien dijo esta frase: “el peso planetario de Gallegos”; sin embargo, esta expresión es más un elogio que una crítica a no ser por la palabra “peso”. No deja de reconocer en esa metáfora la grandeza de Gallegos al compararlo con un planeta y en el Sistema Solar hay nueve planetas (según algunos astrónomos ocho), pero hay uno gigante, Júpiter, capaz de absorber a cualquiera de los otros sin que ello le afecte grandemente, como absorbió un cometa hace unas décadas.

La novela

Según Orlando Araujo, Gallegos con Doña Bárbara cerró un ciclo iniciado con Peonía, de Manuel Vicente Romero García, novela a la cual varios críticos han asignado el puesto de ser la iniciadora del criollismo como corriente literaria. El mismo Gallegos, en sus últimas obras, había seguido ya un rumbo diferente, en nuevo derrotero en la creación novelística. A pesar de sus 85 años le faltó vida para contar la inmensa cantidad de historias que guardaba en su repertorio.

En cuanto a la crítica, prefiero la opinión de críticos ácidos, pero justos, como Orlando Araujo o Enrique Ánderson Imbert, quienes no conceden un pétalo a aquello que no les parece, pero que saben reconocer cuándo están frente a una gran obra y a un excelente escritor como Rómulo Gallegos, cuya vigencia ha trascendido en el tiempo más allá de la euforia del triunfo inicial, más allá de la moda, y aun cuando hoy, la literatura ha seguido nuevos derroteros, todavía no ha habido quien logre ubicarse, como él lo hizo: en la cumbre de la gloria de las letras americanas.

Más allá de criticarle recursos estilísticos y literarios, técnicas y elaboración, personajes y ficción, la adjetivación (cosa que parecerle preocuparle a todos los que hacen literatura subversiva), está el hecho creador. Por encima de todo, no se debe olvidar que una novela es una obra de ficción y eso lo logró Gallegos con Doña Bárbara y no sólo con ésta sino con el conjunto de su obra donde pesan, como Júpiter, la triada Doña Bárbara, Cantaclaro y Canaima, todas escritas antes de que Gallegos siquiera soñara con llegar a ser presidente de la República.

El derecho a crear, imaginar e inventar es potestad del escritor, del novelista en este caso. Para muestra de ello léase la magistral creación del portugués José Saramago, Ensayo sobre la ceguera (1996), donde la imaginación del escritor nos lleva a ver y palpar la realidad humana, la mezquindad, la solidaridad, la lucha por la vida, en una ciudad que no se sabe cuál es y en un tiempo, qué tampoco se sabe cuándo es. Realidad humana e imaginación fantástica y desbordante de una genialidad única.

Igualmente, es potestad del escritor darle el tratamiento que desee a sus personajes, son sus seres, sus pequeños seres, y ellos se moverán y actuarán según lo que el autor quiera o decida; autor omnisciente, el creador es un dios y los personajes sus criaturas que seguirán su dictamen. Los personajes no tienen por qué estar atados a una realidad circundante, aunque pudieren ser reflejo o no de dicha realidad. Gallegos, con su obra, su literatura, sus paisajes, sus personajes tomados de la realidad o inventados de sus propios anhelos ductores, didácticos, formadores, reformadores y transformadores, con todo ello llevó la novela americana a la cumbre de una corriente literaria que se venía gestando desde el siglo XIX, como un reclamo vital de Manuel Vicente Romero García cuando propugnada en su novela Peonía (1890) el deseo de que se desarrollara una literatura nacional, en boca de su personaje principal Carlos: “no hemos constituido todavía la literatura nacional;  nuestros escritores y poetas, sin criterio ni tendencias, se han dado a copiar modelos extranjeros y han dejado una hojarasca sin sabor y sin color venezolanos…” (p. 92). Pero no solo él, recuérdese a Andrés Bello y su Alocución a la poesía donde invitaba a los poetas a fijarse en América, “tiempo es que dejes ya la culta Europa,/ que tu nativa rustiquez desama,/ y dirijas el vuelo adonde te abre/ el mundo de Colón su grande escena” (p. 20). Bello, igual que Gallegos, fue un civilizador, un ductor y formador de generaciones.

Según muchas opiniones autorizadas y valederas por la formación y la estatura intelectual de las personas que lo han dicho, Gallegos recuperó para la novela la ficción que estaba de capa caída y renovó el género que parecía en declive con su auténtica y poderosa novela Doña Bárbara. Tal vez por ello, don Arturo Uslar Pietri dijo: “No hay nombre superior al suyo en nuestro panteón literario y su gloria forma parte eminente del más alto patrimonio moral de nuestro pueblo” (en Medina: 108). ¿Duele? ¿Por qué? Si esto es motivo más bien de orgullo nacional, venezolano, hispanoamericano.

La literatura venezolana ha seguido nuevos derroteros, pero hasta ahora ninguno claramente delineado; pareciera que subsistieran muchas corrientes superpuestas, solapadas, entremezcladas; sin embargo, ha sido prominente un bajofondismo, donde la vida de los llamados bajos fondos, con sus personajes y su mundo marginal, han adquirido un carácter protagónico, la droga, la prostitución, los crímenes, el alcohol, el lenguaje del malandro, nuevo prototipo de esa literatura, como única realidad, donde no existe el estudiante, el obrero padre de familia, la madre próspera llena de valores, la mujer leal, sino todo un conjunto de antivalores y se considera a la ciudad como una jungla de cemento.

 Paralelamente se ha desarrollado una literatura urbana y en todas ellas hay una mezcla de lo anterior con otros nuevos ingredientes, donde los personajes son citadinos, nacidos y crecidos en la ciudad, donde se ve el medio urbano con una visión diferente, pues allí han tenido, como en cualquier parte, sus momentos felices y sus momentos tristes.

En este sentido, hubo grupos literarios nuevos como Tráfico y Guaire, quienes mostraban otras inquietudes. Al respecto, surge una propuesta de los integrantes del grupo intelectual Guaire, al que pertenecieron Rafael Arráiz Lucca y Alberto Barrera Tyszka, entre otros destacados intelectuales de las camadas más recientes de nuestra producción literaria. Por ello, Arráiz, expresa:

Los que integramos Guaire nacimos en Caracas (…) éramos muchachos, pues, no entendíamos bien cómo era aquello de que la ciudad era sólo un infierno, cuando ese “infierno” había sido, también, nuestro paraíso. Nos buscábamos en nuestra literatura y, salvo excepciones, no nos hallábamos ni interpretados, ni retratados en aquellas lecturas desoladoras de la ciudad donde habíamos crecido (pp. 44-45).

Era un reclamo justo, después de tanta literatura subversiva y bajofondista, donde se negaba todo lo bueno y maravilloso que también hay en las ciudades. Si a ver vamos, la ciudad “infierno” o “jungla de asfalto” deprime o sofoca, entonces ¿por qué se sigue viviendo en ella? No hay mucha diferencia con respecto a Gallegos cuando dice que la llanura es agradable y terrible a la vez. Solo que en la literatura subversiva se habla de lo desagradable nada más, sin atreverse a reconocer la parte buena del asunto.

De igual modo, se ha ido desarrollando la literatura de la provincia, generalmente ignorada por las grandes ciudades. Buenos y nuevos escritores han surgido, pero ahora, con herramientas diferentes donde el ciberespacio adquiere un rol protagónico, junto con las telecomunicaciones y las redes sociales. En este sentido, cada estado o región de Venezuela debería ocuparse de realizar los estudios respectivos e insertarlos en el panorama nacional para tener una idea actualizada de la realidad literaria del país.

A pesar de todo ello, nunca he entendido por qué, al iniciarse una nueva corriente literaria que aún no se sabe para dónde va, al cambiar de estilo y de paradigmas, de constructos epistémicos, por qué tenemos que rechazar todo lo anterior, cortarlo de raíz (o intentarlo), buscándole defectos que tal vez no tienen, pero que se los inventan. Restarles mérito a los grandes creadores del tiempo pasado. Escriban, inténtelo, búsquense modelos ejemplares, sin destruir, sin atacar sus raíces, porque quiérase o no Gallegos ha influido, como han señalado numerosos críticos, en toda la literatura venezolana posterior.

La famosa expresión de “tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, del laureado poeta mexicano Enrique González Martínez, invitando con ello a abandonar el modernismo de Darío, se queda corta, porque en este caso habría que torcerle el cuello al caimán del Alto Apure o al tuerto del Bramador, cosa muy pero muy difícil, porque para empezar, no tiene cuello.

Los personajes

Gallegos nunca negó que para escribir Doña Bárbara, que tuvo títulos tentativos antes como La casa de los Cedeño o La coronela, hizo un viaje con fines documentales y para conocer la realidad sobre la que iba a tratar, se comunicó, observó, escuchó, vio, anotó, como hace cualquier investigador y su gran personaje, Bárbara fue extraído de historias reales que hablaban acerca de una mujer hombruna, aunque no exenta de femineidad, con rasgos muy parecidos al personaje, al que Gallegos daría forma posteriormente. También otros personajes fueron tomados de la realidad. “En la Semana Santa del año de 1927, Rómulo Gallegos viaja por primera vez a los Llanos. Quiere documentarse para una novela en ciernes de la cual los primeros capítulos habían formado parte del novelín La rebelión” (Liscano, 1979: 93).

En ese viaje, Gallegos “conoció” no sólo a Bárbara, sino también a Ño Pernalete, a Mujiquita, a Balbino Paiba y al Brujeador, pero ninguno conviviendo junto con el otro. “Cinco días le bastan para que acumule en su mente todo aquel paisaje y para que se le queden grabados rostros, costumbres, refranes y modos de ser del llanero” (Torrealba Lossi, 1985: 103).

En su viaje, conoce a Antonio Torrealba, quien: “alerta al novelista, diciéndole que una cosa es el conocimiento de los ‘letrados’ y otra el que tiene directamente de la realidad al contacto con los elementos” (op.cit.: 14). Gallegos siempre reconoció el aporte de Torrealba.

Un personaje muy singular, que ha despertado muchas simpatías, es Juan Primito; éste no fue encontrado en los Llanos, su extracción surgió de un enajenado mental que vivía en Charallave y a quien el escritor tuvo la oportunidad de apreciar y transformar en la ficción. Lo engranó en la novela y fue un poderoso aliado de la doña, quien lo supo manejar a su antojo. Sin embargo, a pesar de su dominio, él tenía un alma noble e ingenua y fue quien ayudó a Marisela en sus primeros años de vida.

Es casi una convención unánime que Santos Luzardo y Marisela son personajes-símbolo, como se les ha llamado. Inventados totalmente. En un recurso perfectamente válido. Lo maravilloso del asunto fue cómo hizo Gallegos para producir una obra de ficción, con reflejos reales y autóctonos, que sumara en un gran compendio realidad y simbología, autoctonidad y creación, universalidad y regionalismo, todo ello en una obra que permanecido en el tiempo muy a pesar de las críticas mediocres, especialmente en el ámbito venezolano, que han intentado restarle sus naturales méritos.

Yo estudié en una escuela de letras donde la literatura venezolana estaba vedada. Apenas si se mencionaba al gran poeta venezolano Rafael Cadenas, uno de los cinco mejores del siglo XX venezolano, quien además fuera mi profesor; y a Ramón Palomares, lo recuerdo mucho en la voz de la profesora Vilma Vargas. Pero del resto, cualquier venezolano estaba execrado.

La tan cacareada renovación de 1969 llevó a eso y hacer de dicha escuela, una cantera comunistoide, financiada por partidos de izquierda y con intromisiones desde Cuba, donde por todos lados se nos trataba de meter el comunismo, El capital de Marx y Engels, y el obsoleto libro de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina parecía una biblia.

En uno de los múltiples cursos obligatorios que debía ver, me tocó la profesora Judit Gerendas, también de ideas similares, pero sin embargo, toda una profesional de las letras; con ella hice un ensayo sobre Doña Bárbara y lo comencé así: “no soy marxista ni creo en el marxismo como una solución a nuestros problemas…” Mis compañeros me dijeron: “¡tú estás loco!”. ¡No! El resultado fue que la profesora me puso una nota de 17 puntos y me dio una serie de recomendaciones, pero finalmente me escribió: “en todo caso, su trabajo es muy honesto”. Es una de las profesoras que recuerdo con más cariño. Fue mi segunda lectura de la novela.

Bárbara, surgida de la realidad de los Llanos, es un personaje magistral de la creatividad galleguiana. Fue una mujer que sufrió en su adolescencia el maltrato y la humillación del hombre malvado, fue vendida y violentada y su amor juvenil asesinado, pero nunca olvidado. Se volvió, tal vez a raíz de ello, una mujer pérfida y hechicera; ladrona y asesina, pero tuvo una transformación al final, una mudanza, que no fue de aspecto exterior en el vestir y en los modales, sino en el corazón. Cuando ella ve a Marisela a lo lejos, tierna y juvenil, al lado de Santos Luzardo y toma el revólver para dispararle a su propia hija, el recuerdo de Asdrúbal, su vida primigenia retorna y decide bajar el arma. Se había transformado. Ella me recuerda a Javert, el detective que persiguió a Jean Valjean durante toda su vida en Los miserables, de Víctor Hugo. Jean estuvo preso 19 años por haberse robado un pan. Logró fugarse de la cárcel y se camufló de diversas formas y Javert lo persiguió siempre, cual detective recto y perfecto, representante de la justicia. Pero al final, Jean, cansado de huir se acercó y le dijo unas cuantas verdades a Javert, quien con su autoridad perfecta e indeclinable, no había obrado bien, que su sentido de la justicia era equivocado y le dijo: “voy a estar en mi casa”, para que lo capturara y lo devolviera a la cárcel, pero Javert, finalmente, no lo va a buscar. Jean se queda esperándolo. Javert se lanzó al río, se suicidó. Se había transformado. Al igual que él, Bárbara desaparece. La vieron perderse en un río. Se lanzó al tremedal y éste se la tragó. La vieron en un hotel, bien vestida. Se convirtió en fantasma. Se convirtió en leyenda.

Marisela, comparada muchas veces con un animal salvaje, es la potranca zaina a la que le compusiera una hermosa pieza musical Juan Vicente Torrealba. “La enseñaré a querer, la enseñaré a llevar, el freno y el bozal, y luego le daré, su libertad”. Es el instrumento civilizador de Santos Luzardo y en consecuencia de Gallegos. Se le educará, se le transformará, pero también significará un camino hacia la libertad. Y Santos triunfa tanto en el amor como en la recuperación de sus tierras, que habían caído en poder de Bárbara. No es ningún “propietario ausentista” sino un llanero culto que está trabajando en su hacienda conforme con las leyes, productor de ganado y los beneficios que esto conlleva, como hubo cientos de hatos en la región apureña y otros estados de Venezuela, que fueron expropiados para volver la tierra improductiva y poner a los pueblos venezolanos a pasar hambre y miseria como nunca sucedió en Venezuela antes, en tierra donde cabemos todos, “toda caminos, toda esperanza, como la voluntad”.

Cada uno de los personajes considerados secundarios tiene su propia historia y manera de ser, Pajarote, Carmelito, Antonio Sandoval, son importantes; son los aliados de Santos y forman parte de su “familia”, siempre dispuestos a secundarlo en sus planes. Son los opuestos de los Mondragones, el Brujeador y Balbino Paiba, aliados de Bárbara

La personalidad del escritor

Rómulo Gallegos, como ser humano, fue un hombre ejemplar en todos los sentidos, sin dobleces, sin falsedades; fue un hombre auténtico, más bien tímido y huidizo, de personalidad introspectiva, mirada zahorí (como la de Antonio Sandoval), callado, pero por encima de todo ello, con un alto sentido de la moral y la ética. Fue un hombre prominente en las tres facetas que desarrolló: educador, escritor y político. Fue el maestro de juventudes, como lo llamara el ilustre poeta Andrés Eloy Blanco, formador de generaciones que fueron claves para la historia de Venezuela; como escritor, todo lo que ya sabemos y como político, electo presidente de la República por el pueblo con la más alta votación de la historia, sin la tramposería rapiñosa de la actualidad. Sin embargo, la figura del escritor fue superior a todo. Gallegos fue un escritor de profesión, escritor con vocación; como tal, fue laborioso, trabajó mucho para lograr lo que quiso. No fue un hombre de poses falsas, ni pedante ni engreído; pero sí recto, firme, sin perder dos condiciones humanas esenciales que siempre lo acompañaron: la modestia y la humildad.

En ese punto es cuando no entiendo por qué algunos intelectuales la emprendieron contra él, buscándole detalles y defectos que no tenía ni tuvo nunca. Yo, como lector, les he encontrado detalles a muchos escritores y creadores, entre ellos Bécquer, Darío, Borges, Teresa de la Parra, por mencionar unos pocos, pero es algo que no utilizaría en contra de ellos ni les restaría méritos en ningún caso. No cambiaría por nada del mundo Las oscuras golondrinas ni Sonatina, que me parecen perfectas; el relato Las ruinas circulares es extraordinario y la obra de Teresa, muy respetable y “deliciosa” como dice Ánderson Imbert. Si Gallegos se hubiera puesto a hacerles caso a todos aquellos que lo criticaron, jamás habría logrado las obras maestras que produjo, que nos legó para la posteridad y para el orgullo nacional.

Por eso me quedo con opiniones autorizadas de carácter más objetivo, cuando se trata de obras generales, como las de Oswaldo Larrazábal Henríquez o Rafael Arráiz Lucca, o particulares como las José Ramón Medina, Juan Liscano, o de Orlando Araujo (1984), cuando dice:

Lo que me parece genial de Gallegos y lo que me da la medida de su grandeza tolstoiana es que, precisamente, arrrastrando consigo aquellos propósitos reformistas y contraliterarios de Romero García (arena política, reflejo de estados sociales y narrativa pedagógica), haya construido el espectro narrativo más importante de la novela regional y telurista en América Latina y haya dejado, a su muerte, como su mejor legado literario, la acción universal de que el arte verdadero puede fundarse con los materiales más sublimes, o piadosos, deleznables o perecederos, siempre y cuando los maneje la mano de un creador y la fe un creyente (p. 244).

O la del hispanista sueco Bertil Malmberg, quien dijo: “…único escritor venezolano que realmente ha ganado fama mundial: Rómulo Gallegos” (p. 161).

La actualidad de la novela

Doña Bárbara es una novela que sigue vigente en este siglo XXI, una novela que ha pasado todas las pruebas pertinentes (y las impertinentes también), pues, a pesar de todas las críticas malsanas, ninguno de sus críticos ha logrado derribar esa  mole y colocarla en un segundo plano siquiera, ese “peso planetario” (para los que le pesa); esta novela es un orgullo no solo venezolano, sino de América entera. Su lectura renovada nos reporta, cada vez más, elementos nuevos, ideas sin límites para construir y edificar mucho más nuestra literatura nacional que produjo grandes obras novelísticas en la segunda mitad del siglo XX, y que ya ha producido algunas buenas en lo que va del siglo XXI, cosa que no impide reconocer la majestad de una obra que, a sus noventa años, sigue presente y vigente, en muchos aspectos de la venezolanidad e incluso de la americanidad.

Hemos sido testigos, víctimas de toda la opresión, la represión, la incuria de que es capaz el ser humano en estas dos primeras décadas del nuevo milenio, donde han pululado Bárbaras, Balbinos Paiba, Ño Pernaletes, Mujiquitas, Mondragones, Melquíades Gamarra (brujeadores por doquier), caimanes peores que el tuerto del Bramador, saqueadores del país entero, donde míster Danger se quedó como un gatito, personaje que al fin y al cabo demostró límites humanos cuando Bárbara despidió de este mundo al coronel Apolinar y él dijo: “yo no venir a eso”, en una demostración de que hasta los que parecen malos tienen principios que no transgreden.

Sin embargo, están los Santos Luzardos, quienes con sus peonadas luchan por la institucionalidad, por hacer cumplir las leyes, por el respeto, por el orden y el progreso, por un país productivo, lleno de fincas, hatos y haciendas, como lo fuimos en las últimas décadas del siglo XX, donde nunca faltó la leche, el queso, el arroz, la mantequilla, la harina de maíz, el azúcar, el café, las caraotas negras, el ajonjolí, la cebolla y el tomate, y los productos derivados de ellos, productos nacionales, como el ponche de crema, la maicina, la chicha, el papelón, el casabe, la mayonesa, el aceite y el vinagre, por no extenderme mucho más allá.

Doña Bárbara sigue vigente aun hoy, año 2019, en su nonagésimo aniversario, y espera aún por muchos estudios más; allí disiento de la palabra del sabio Liscano cuando dijo que difícilmente podríamos decir algo nuevo sobre la novela, pero pienso que todavía no se ha dicho todo al respecto.

Bárbara, el personaje, da para un estudio psicológico profundo, pero no como el que hizo Raúl Ramos Calle, lleno de prejuicios freudianos, imbuido por sus visiones interiores y en una época cuando el psicoanálisis y Sigmund Freud estaban en plena moda, en el tapete, con ideas de las que actualmente ya nadie se ocupa. Sino como figura humana, como mujer maltratada por la vida, como persona que se sabe superior a la gente mediana de su entorno, astuta, artera, capaz de múltiples atrocidades, pero también como mujer enamorada, soñadora, que abriga esperanzas, tiernas y sensibles, en el horizonte de sus cuarenta años, en relación con un joven de unos veintisiete años. Una confesión que la humaniza a los ojos del lector, de cualquier espectador, cuando le dijo a Santos: “si yo me hubiera encontrado en mi camino con hombres como usted, otra sería mi historia” (Gallegos, 1977: 179). Y un poco más adelante, dice el narrador: “Santos Luzardo experimentó la emoción de haber oído a un alma en una frase” (íd., p. 179), donde el autor le pone a Santos “aquel impulso de curiosidad intelectual que en el rodeo de Mata Oscura estuvo a punto de moverlo a sondear el abismo de aquella alma, recia y brava como la llanura, sus frescos refugios de sombra y sus plácidos remansos, alguna escondida región incontaminada de donde salieran, de improviso, aquellas palabras que eran a la vez, una confesión y una protesta” (íd., p. 179).

Bárbara todavía soñaba, tenía sentimientos nobles escondidos en alguna parte de su alma; era un ser humano. Por otro lado, Santos experimentó hacia ella solamente  una “curiosidad intelectual”, algo que delata más que a Luzardo, al propio autor, quien es el que verdaderamente puede experimentar una curiosidad de ese tipo, toda vez que es una opinión unánime que Santos es una proyección del autor, un personaje-símbolo, como lo han llamado algunos críticos, o un personaje inventado, pues, en la novelística existen personajes reales y personajes ficticios que, aunque siendo todos personajes de ficción, unos salen como calcos o proyecciones de la realidad ajena, y otros de igual forma de la realidad interior del autor; incluso, hay personajes más ficticios aun que son inventados, a su vez, por uno de los personajes, como sucede con Daniel, en la novela Mal de amores, de Ángeles Mastretta, que es invento del personaje femenino principal, Emilia Saurí, producto de su imaginación.

En otro orden de ideas y siguiendo con el tema de las infinitas posibilidades que da la novela, hay muchos estudios que se pueden hacer con minucioso detalle, como el semántico, el lenguaje del llanero que da para un diccionario particular cuya historia evolutiva hunde sus raíces en la lengua hablada en el Siglo de Oro español; el estructuralismo lingüístico y la evolución del castellano en Venezuela. Sin querer ahondar más en todas y cada una de las posibilidades, para cerrar este ensayo, invito a leer esta novela con motivo de los noventa años, y aquellos que quieran criticarla, que la lean de verdad, para que sus críticas sean válidas y no se queden en el vacío de una alegoría teñida de envidia malsana, totalmente hueca. Léanla, disfrútenla, puesto que a estas alturas se trata de una novela sólida que ha traspasado las barreras del tiempo, una obra que se erige al cielo como el obelisco de Altamira, como el obelisco de Buenos Aires, como la estatua de la Libertad a la entrada de Nueva York, como la novela americana por excelencia.

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